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Alfred Hitchcock: treinta años de la muerte del maestro del suspenso

Un día como hoy, hace tres décadas, dejó de existir el realizador británico, director de cintas como “La ventana Indiscreta” y “Psicosis”

Treinta años después de su muerte, la sombra de Alfred Hitchcock no solo es voluminosa y reconocible, sino también alargada, ya que la vigencia de su cine sigue inalterable por una complejidad que va más allá de las magias del suspenso.

El cine le debe mucho más a Hitchcock que un solo género. Todo giraba alrededor de unos ejes reconocibles: un falso culpable, una mujer rubia o un policía del que burlarse.

Pero los críticos y posteriores cineastas de “Cahiers du Cinéma”, especialmente Truffaut en su libro “El cine según Hitchcock”, fueron los primeros en leer entre líneas. En sentir que en la receta del maestro había más de un ingrediente indigesto. Rascaron en el entretenimiento y encontraron perversión. Descuartizaron el suspenso y hallaron alta comedia y pulsión sexual. Y en la planificación de su cine escudriñaron las claves del cine moderno, porque Hitchcock manipuló a su público a nivel subliminal con una inocente cámara.

Iluminó un vaso de leche desde dentro en “Sospecha”, introdujo el plano secuencia con resultados deslumbrantes en “La soga” o convirtió la teatralidad en algo sumamente cinematográfico en “Náufragos”. Incluso el formato ahora de moda, el 3D, funcionó para él en Crimen perfecto. Vértigo era en realidad una historia de necrofilia. “La ventana indiscreta” puro voyeurismo. “Encadenados” definía al villano interpretado por Claude Rains por su manifiesta inferioridad sexual. Y la homosexualidad paseaba por entre los rostros del monte Rushmore en “Con la muerte en los talones”.

El mago del suspenso no era un cineasta condescendiente con el débil. Disfrutaba mostrando la crueldad del instinto de supervivencia: el villano era más fascinante que el héroe, como en “Extraños en un tren”. La madre devoraba psicológicamente al hijo, como en Psicosis. Y la naturaleza imponía sus leyes a capricho, como en “Los pájaros”. Entre ese sadismo y la sensualidad volcánica emergía siempre elegante el humor con marca de la casa. Solo renunció una vez al suspenso, y fue para firmar una comedia: “Matrimonio original”.

El género lo acompañó casi siempre: despuntó por primera vez en “39 escalones”, se vistió de sofisticación en “Atrapa a un ladrón” y despidió su cine en “La trama”. Desapareció, en cambio, en sus títulos más incomprendidos: “Falso culpable” y “Yo confieso”.

Fuente: El Comercio