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Crisis de Universidades y de Carreras

La congresista Martha Hildebrandt ha calificado que algunas universidades del país “son de pacotilla y de sinvergüenzas" que no pueden seguir expidiendo títulos.

Escribe: Néstor Roque Solís

Cuando se evalúa la calidad de una universidad, hay que comenzar analizando la calidad de sus profesores y directores, porque nadie da lo que no tiene; muchas universidades más se parecían a una academia o liceo de medio pelo, y que por falta de infraestructura desarrollaban sus clases en pequeños edificios y escuelas de cuatro por cuatro. Pero, lo peor es que universidades como Alas Peruanas tienen avionetas para promocionar ingresos, pero no tienen aulas ni laboratorios para dictar sus clases.

La congresista Martha Hildebrandt ha calificado que algunas universidades del país “son de pacotilla y de sinvergüenzas» que no pueden seguir expidiendo títulos a nombre de la Nación. Solicitando a sus pares: «quitárseles el permiso para brindar títulos a nombre de la Nación. ¡Qué culpa tiene la nación! Esa es una vergüenza, porque son vulgares negocitos», dijo la parlamentaria fujimorista hace algunos días cuando se solicitaba la presencia en la Comisión de Educación del Congreso del Rector de la Universidad Alas Peruanas.

El Perú y sus regiones están minados de universidades de todo tipo: el Perú tiene cerca de cien universidades, privadas la mayoría de ellas. La cifra contrasta con lo que sucede en otras latitudes. En Chile existen 51 y en Ecuador no llegan a treinta, mientras que en Colombia la cifra es menor de cuarenta.

La proliferación de universidades en el Perú, ha generado un canibalismo para quedarse con una porción del mercado de alumnos con una estrategia voraz y perversa, y compinches son los magistrados, parlamentarios y alcaldes que otorgan condecoraciones e infraestructura a Alas Peruanas. En estos días se descubren los hilos que hacen saltar la pus de la corrupción por todos lados. Comprobamos que las universidades en el país están más preocupadas por la plata que le generan los ingresantes, que por la calidad profesional de los que egresan de sus aulas.

El deterioro de las universidades y sus carreras profesionales, es consecuencia inevitable del surgimiento de las economías basadas en el conocimiento. La innovación continua en la tecnología y en las organizaciones de negocios conduce inevitablemente a la progresiva destrucción creativa de muchas prácticas que antes se honraban, incluyendo aquellas que eran el centro de muchas carreras. Se entiende poco de esta transformación fundamental en las aspiraciones asequibles para la mayoría de los ciudadanos.

Mientras esto sucede en las universidades del Perú, la política del compinche y del compadrazgo de la clase política es notoria por estos días. Es sabido que necesitamos un cambio para enfrentar los desafíos de la nueva economía que requiere mayores niveles de educación del capital humano y su fuerza laboral. Con menos frecuencia se comprende el hecho de que estas nuevas economías hacen que la adquisición, la aplicación y el período de vida de los conocimientos profesionales tradicionales sean cada vez menos útiles para la mayoría trabajadora. Una educación técnica única, como se la entiende por lo general, ya no basta para tener éxito en economías que permanentemente sufren revoluciones de las nuevas tecnologías de la información.

Sin embargo, otorgar entrenamientos para cambiar a nuevas carreras es una respuesta simple, frente a la profundidad al desafío del cambio al que nos enfrentamos por estos días. No es que la mayoría de la gente deba esperar tener más trabajo durante una vida laboral, ni tener que hacer uno o más cambios de vocación. Más bien, la idea misma de hacer carrera tiene menos sentido en la vida laboral de la gente. Muchas de las prácticas y de las instituciones que heredamos de fases anteriores son inadecuadas para el mundo del trabajo que las nuevas tecnologías han traído consigo.

La mayoría de universidades y sus carreras se han quedado postradas en la civilización industrial del siglo XX. La mayoría nunca tuvo total acceso a ella. Una carrera ha sido una de las pocas formas de hacer realidad el valor de la autonomía personal, que aún es una aspiración para la mayoría. La carrera ha sido la vía principal por la que la mayoría de la gente podía esperar establecer continuidad y significado siendo autores de sus vidas económicas. Ya sea en leyes, medicina, industria, gobierno o cualquier otro dominio en los que las carreras han florecido, la carrera de cada cual avanzaba al incrementarse el conocimiento y las aptitudes especializados.

La carrera, como institución, también ha desempeñado un papel crucial en el fortalecimiento de las comunidades otorgando un alto valor al conocimiento y las relaciones locales. Como una de las instituciones centrales para legitimar los beneficios de una economía capitalista y dinámica, su declive amenaza con devastar esa legitimidad a lo largo y ancho de la sociedad, particularmente en las clases medias en las que la preocupación por la carrera ha sido más fuerte. Hay dos riesgos morales relacionados con el declive de la carrera.

En primer lugar, al menguar la capacidad de la gente para elegir el empleo estable y significativo que las carreras proporcionaban, amenaza los valores individualistas encarnados en las economías modernas de mercado. Simultáneamente, junto a los incrementos en la movilidad de la mano de obra y a la corrosión de muchos valores tradicionales, el declive debilita los vínculos de cohesión social de los que dependen las economías de este tipo.

El problema que hoy en día enfrenta la gente, no es sólo la inseguridad de sus empleos, sino la pérdida de significado, lo que ocurre cuando la vida laboral ya no tiene una forma discernible. El imperativo que se le plantea a mucha gente en la actualidad no es simplemente prepararse para seis o siete empleos dentro de la misma ocupación o profesión, en lugar de que sean con cuatro o cinco. Este imperativo tampoco se refiere a cambiar de carrera de una vez por todas a la mitad de su vida. De lo que se trata es de adaptarse a un nuevo mundo laboral en el que ya no se dispone de la continuidad de conocimiento de sí mismo que otorgaba una carrera.

Los profesionales se mudan como nómadas de un proyecto a otro navegando talentosamente a través de vidas laborales llenas de contingencias como los brutales recortes en empresas que buscan aumentar la competitividad, se encuentran incómodos para mantener a sus familias.

No pueden encontrar en su vida laboral cimientos a las formas de continuidad que son importantes para generar calidez familiar y confianza profesional. Este es un tema de debate actual, y que la mayoría de las universidades, no les interesa analizar. Todos lo ven como negocitos económicos y políticos para sus ganancias y ansia de poder en el Perú.