No sólo de Democracia Política vive el hombre

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Nuestra provincia de Huaura y la ciudad de Huacho tiene una historia larga de luchas y movilizaciones por lograr su autonomía universitaria, por el canon de la sal, por ser zona franca y por su carretera a la sierra y la selva. Todas ellas tocando la fibra del desarrollo económico y social. Pero los políticos de hoy sólo ponen en su agenda la lucha política y electoral, y eso no es democrático ni genera empatía con la ciudadanía local y regional.

Elecciones son parte de la Democracia

Elecciones son parte de la Democracia

Por Néstor Roque Solís.-El plan anticrisis en los EE.UU. abanderado de la democracia occidental, ha sido lanzar un salvavidas a cerca de un centenar de empresas financieras y automotrices en la ruina por especulación monetaria.

Para esto ha aprobado el Presidente Barack Obama una ayuda de 700 mil millones de dólares. Es decir 700 mil millones de dólares para 100 consorcios empresariales. Me he puesto a calcular si ese monto de 700 mil millones se dividiera entre los 6 mil 700 millones de habitantes que somos en el planeta. Si no me equivoco, nos tocaría a cada habitante del planeta la cantidad de 104 millones de dólares.

¿Esto se llama democracia en los EE.UU.?
¿Qué haría usted, amigo lector, con 104 millones de dólares en el bolsillo? Bueno yo en mi familia somos cinco personas con los cuales me haría acreedor de un poco más de 500 millones de dólares. Pero todo esto es un imposible con esta democracia porque nunca los ricos y los gobernantes comparten la torta con los pobres que también sufren con la crisis. Aquí en el Perú, el gobierno otorga solo un tarro de leche Gloria mensual a cada niño del sector marginal. ¿Se llama esto democracia en el Perú?
Por todo esto, me pregunto si verdaderamente estamos construyendo democracia. Desde mi punto de vista, la democracia está herida y moribunda en el Perú y en el mundo con libertades políticas en retroceso, igualdad económica inexistente, con planes anticrisis para los de arriba y la ciudadanía amenazada por políticos que luchan sólo por cuatro curules.

En su obra La Política, Aristóteles afirma: “En democracia, los pobres son reyes porque son mayoría, y porque la voluntad de la mayoría tiene fuerza de ley”. El filósofo griego nos dice que aunque participen con total legitimidad democrática en el gobierno de la polis, los ciudadanos ricos serán siempre una minoría en razón de una incontestable proporcionalidad. Nunca los ricos fueron más numerosos que los pobres. Pese a ello, los ricos siempre gobernaron el mundo o sostuvieron los hilos de los que gobernaban.

Las instancias del poder político intentan desviar nuestra atención de una evidencia: dentro mismo del mecanismo electoral se encuentran en conflicto una opción política representada por el voto y una abdicación cívica. ¿Acaso no es cierto que, en el preciso momento en que la boleta es introducida en la urna, el elector transfiere a otras manos, sin más contrapartida que algunas promesas escuchadas durante la campaña electoral, la parcela de poder político que poseía hasta ese momento en tanto miembro de la comunidad de ciudadanos?

Este papel de abogado del diablo que asumo puede parecer imprudente. Razón de más para que examinemos qué es nuestra democracia y cuál es su utilidad, antes de pretender -obsesión de nuestra época- hacerla obligatoria y universal. Esta caricatura de democracia que, como misioneros de una nueva religión, procuramos imponer al resto del mundo no es la democracia de los griegos, sino un sistema que los mismos romanos no habrían vacilado en imponer a sus territorios. Este tipo de democracia, rebajada por mil parámetros económicos y financieros, habría logrado sin duda hacer cambiar de idea a los políticos y gobernantes, transformados entonces en los más fervientes demócratas.

Puede emerger en la mente de ciertos lectores una enojosa sospecha sobre mis convicciones democráticas, dadas mis muy conocidas inclinaciones ideológicas. Algunos me dirán: pero las democracias no son excluyentes ni racistas, y el voto del ciudadano rico o de piel blanca cuenta tanto en las urnas como el del ciudadano pobre o de piel oscura. Si nos fiamos de semejantes apariencias, habríamos alcanzado el paraíso de la democracia.

Así, el derecho de voto, expresión de una voluntad política, es al mismo tiempo un acto de renuncia a esa misma voluntad, puesto que el elector la delega a un candidato. Al menos para una parte de la población, el acto de votar es una forma de renuncia temporaria a una acción política personal, puesta en sordina hasta las siguientes elecciones, momento en que los mecanismos de delegación volverán al punto de partida para empezar otra vez de la misma manera de hacer política y democracia de elites.

En principio, a nadie se le ocurriría elegir como representantes al Parlamento a individuos corruptos. Incluso si la triste experiencia nos enseña que las altas esferas del poder, en el plano nacional e internacional, están ocupadas por ese tipo de gobernantes o sus mandatarios lacayos. Ninguna observación microscópica de los votos depositados en las urnas tendría el poder de hacer visibles los signos delatores de las relaciones entre los Estados y los grupos económicos cuyos actos delictivos, e incluso bélicos, llevan a nuestro planeta derecho a la catástrofe en poco tiempo si no se hacen cambios radicales de hacer política y democracia decente en los países del planeta.

NO SOLO DE DEMOCRACIA POLITICA VIVE EL HOMBRE
Los políticos de hoy andan preocupados día y noche por la democracia política. La experiencia confirma que una democracia política que no descansa sobre una democracia económica y social no sirve de mucho. La democracia política es un medio, la democracia social y económica es un fin, muchas veces despreciada y relegada al depósito de las fórmulas envejecidas, la idea de una democracia económica ha dejado lugar a un mercado triunfante hasta la obscenidad.

Y la idea de una democracia social y cultural fue reemplazada por la no menos obscena masificación industrial de las culturas que se propaga por los medios en la aldea global: se utiliza seudos campañas de elites para enmascarar la predominancia del poder que todo funciona bien en la democracia y en los gobiernos.

Pareciera que hemos avanzado algo después del fujimorato, pero en realidad retrocedemos cada día. Hablar de democracia se volverá cada vez más absurdo si nos obstinamos en identificarla con instituciones denominadas partidos políticos, parlamentos, gobiernos, sin proceder a un análisis del uso que estos últimos hacen del voto que les permitió acceder al poder. Una democracia que no se autocrítica, se condena a la parálisis y al fracaso.
No concluyan que estoy en contra de la existencia de los partidos: simpatizo con uno de ellos. No crean tampoco que aborrezco al Congreso y sus parlamentarios: los apreciaría mejor si se consagraran más a la acción que a la palabra, más a la moral que a la corrupción, más a la identidad que al transfuguismo, más al pueblo que al poder de las elites. Y tampoco imaginen que sea el inventor de una receta mágica que permite a los pueblos vivir felices sin tener gobierno. Me niego a admitir que sólo se pueda gobernar y desear ser gobernado según los incompletos e incoherentes modelos democráticos vigentes, por eso apostamos por procesos participativos y de diálogo permanente por construir nuevas formas de democracias directas con la sociedad civil.

Los califico así porque no veo otra forma de designarlos. Una democracia verdadera, que inundaría con su luz, como un sol, a todos los pueblos, debería comenzar por lo que tenemos a mano. Es decir, el país en que nacimos, la sociedad en que vivimos, la calle donde moramos y la familia que cobijamos. Si esta condición no es respetada -y no lo es- todos los razonamientos anteriores, es decir, el fundamento teórico y el funcionamiento experimental del sistema, estarán viciados. Purificar las aguas del río que atraviesa la ciudad no servirá de nada si el foco de la contaminación está en las fuentes de la altura misma.

La cuestión principal que todo tipo de organización humana se plantea, desde que el mundo es mundo, es la del poder. Y el principal problema es identificar quién lo detenta, verificar por qué medio lo obtuvo, qué uso hace de él, qué métodos utiliza y cuáles son sus ambiciones. Si la democracia fuera realmente el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, todo debate cesaría. Pero no estamos en ese punto. Y sólo un espíritu cínico se animaría a afirmar que todo va inmejorablemente bien en la región y en el mundo en que vivimos.

Se dice también que la democracia es el sistema político menos malo, y nadie se percata de que esta aceptación resignada de un modelo que se contenta con ser “el menos malo” puede constituir el freno de una búsqueda de algo “mejor”. En términos más claros: los pueblos no han elegido a sus gobiernos para que éstos los “ofrezcan” al mercado. Pero el mercado condiciona a los gobiernos para que éstos les “ofrezcan” a sus pueblos.

En nuestra época de mundialización liberal, el mercado es el instrumento por excelencia del único poder digno de ese nombre, el poder económico y financiero. Éste no es democrático puesto que no ha sido elegido por el pueblo, no es gestionado por el pueblo y sobre todo porque no tiene como finalidad el bienestar del pueblo.

No hago más que enunciar hechos elementales. Los estrategas políticos, de todos los bandos, han impuesto un silencio prudente para que nadie se atreva a insinuar que seguimos cultivando la mentira y aceptamos ser cómplices de ella. El sistema llamado democrático se parece cada vez más a un gobierno de los ricos y cada vez menos a un gobierno del pueblo. Imposible negar la evidencia: la masa de los pobres llamada a votar nunca es llamada a gobernar. En la hipótesis de un gobierno formado por los pobres, donde éstos representarían la mayoría, ellos no dispondrían de los medios para modificar la organización del universo de los ricos que los dominan, vigilan y asfixian cuando alguien estornuda con ideas diferentes.

No pretendo ser una aguafiestas de los políticos y gobernantes, pero no me siento conforme con la democracia en mi región y en mi país. En todo caso es una democracia muy barata. Entonces digo: cuestionémosla en todos los debates para mejorarla. Si no encontramos un modo de reinventarla, no perderemos sólo la democracia, sino la esperanza de ver un día los derechos humanos respetados en nuestro país. Sería entonces el fracaso más estruendoso de nuestro tiempo, la señal de una traición que marcaría para siempre a las nuevas generaciones, por responsabilidad nuestra. Estamos advertidos.

No cantemos victoria donde no hay nada nuevo para los de abajo. Los indicadores sociales nos dan la razón, aún cuando hay muchos de mi generación que todavía ven a nuestro país como el paraíso de la democracia y su crecimiento económico como ejemplo del mundo global.

Néstor Roque Solís

 (*) Consultor y analista político

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