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Humberto Martínez Morosini «Nos estamos volviendo robots»

Nos estamos volviendo robots a los cuales hay que apretarles un botoncito para que cumplan su labor.
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Humberto Martínez Morosini hombre de Radio y Tv con amplía trayectoria

A punto de cumplir 80 años, Humberto Martínez Morosini (HMM) es parte viva de la historia de las telecomunicaciones en el país. Nadie ha narrado noticias o relatado partidos de fútbol como él. Rompió los moldes de las transmisiones radiales y, cuando pasó a la televisión, no solo condujo noticieros, programas concursos o presentó a las figuras más rutilantes del espectáculo, sino que también nos contó cómo el hombre llegó a la Luna y nos hizo explotar de euforia cuando el «Nene» Cubillas o el «Cholo» Sotil enviaban el balón «al rincón de las ánimas».

Empezaste tu carrera en la radio y luego viste nacer la televisión en el Perú. ¿Qué piensas de este mundo en el que Internet, la telefonía celular y otros adelantos hacen que la información llegue a raudales y a cada minuto? ¿Es más fácil o más difícil trabajar ahora?
Creo que de alguna manera es más fácil, porque la tecnología ha avanzado de manera tal que cada día aparece algo nuevo. Yo estoy separado de las cámaras, pero sigo en el otro lado de la calle, allí por donde pasan los administrativos, conociendo otro mundo en el cual ya tengo casi cinco años, pero siempre en la escuela de Panamericana Televisión. No creo que haya una etapa mejor que otra. Cada una corresponde a la circunstancia del momento. Antes, hará unos 30 años, hemos tenido que correr con una ambulancia hasta el aeropuerto para poder embarcar un material rumbo a Lima. Pero todo se innova en la vida y lo estamos viendo. No sé realmente cómo debería calificar mi conducta y actitud en lo que se refiere a la Internet y, en general, a todos estos avances tecnológicos. Yo me he quedado detenido en el tiempo. Lo importante es que todavía tengo en mi escritorio mi maquinita de escribir portátil en la cual le doy a mi secretaria los encargos. Ella sí acude a la tecnología con mayor rapidez que yo. Me hablan tanto de los adelantos y me dejan sorprendido. Estamos inmersos en ese mundo innovador del que yo me escapé, afortunadamente.

¿Cómo eran las antiguas transmisiones de radio? Ahora, algunos solo llevan un celular a los estadios y listo…
En nuestra época -casi estoy hablando del incanato (sonríe)- teníamos que correr para escoger el mejor lugar en los estadios. No había cabinas asignadas como ahora, en que basta que llegue el personal a minutos de iniciarse un partido y listo; ya todo está enchufado. Era titánico el esfuerzo, aunque había quienes gozaban cortando los cables de la competencia para que no llegara su transmisión. Creo que la modernidad con el celular de por medio ha hecho perder un poco la emotividad que tiene el deporte, el fútbol particularmente. Nos estamos volviendo robots a los cuales hay que apretarles un botoncito para que cumplan su labor.

¿Quiénes fueron tus maestros, a quiénes seguías o leías?
Yo escuchaba fundamentalmente a gente de radio. De países cercanos, como Chile, Argentina y Uruguay. Allí tuve no una escuela, pero sí una información que quería superar. Y creo que de alguna manera lo logré. Las informaciones que ofrecí tomaron otro cariz, aportamos mucho, tanto con el lenguaje como con la parte técnica en esa época. Y en eso hubo un maestro que se llamó Juan Sedó. Sedó fue director de «La Crónica», de Radio Colonial, y creo que el primer periodista que fue elegido diputado. Este hombre nos enseñó mucho de lo bueno, a no perder las transmisiones. Por ejemplo, si era necesario, encendíamos el motor de nuestros carros para hacerlos «pasar» como si fuera un auto en competencia durante las transmisiones radiales de las carreras automovilísticas.

¿Cómo llegaste a la TV?
Por un tobogán, porque fue un paso relativamente rápido. Pensábamos que la TV no iba a llegar al país, pero afortunadamente el canal del Estado abrió las puertas. Luego se uniría Canal 4 y después Panamericana. Tuvimos la suerte de que hubo mucha gente deseosa de trabajar. Un jefe cubano nos dio clases y fuimos haciendo cátedras. No había en ese entonces las famosas facultades de Ciencias de la Comunicación de hoy. Esa generación pionera fue de autodidactas. Fuimos aprendiendo en el camino.

¿Cómo se hacía televisión en esos años?
Cuando uno mira las producciones televisivas de esa época no queda otra que sorprenderse. Porque es verdad que con el tiempo se presentó la televisión a color, pero fue duro el comienzo nuestro en blanco y negro. Siendo yo un hombre de radio, de pronto me vi forzado a hacer prácticas de algo que no conocíamos. Le pusimos mucho entusiasmo. Éramos gente responsable, que quiso ponerse al día con la televisión mirando los productos que se obtenían en esa época.

¿Por qué HMM es un ícono de la televisión? ¿Por qué crees que le gustaste a la gente?
Creo que la clave principal fue el respeto y la honestidad de mi trabajo. Respeto las opiniones de todos y lo único que pedí a cambio fue que respetaran las mías. Trataba de usted a la gente, incluso a los niños de 14 y 15 años. Y, sobre todo, ya con cuatro hijos, mi preocupación fue que ellos tuvieran que caminar con la frente en alto, que nadie les tuviera que decir nada con respecto a sus padres. Esa fue el arma principal. Hoy, cuando he dejado las pantallas de TV hay gente que se acerca, me toca y me agradece. Pienso, entonces, que no trabajé en vano.

¿A qué personaje hubieras querido entrevistar?
Al papa Juan Pablo II.

¿Qué le hubieras preguntado?
Había tantas cosas para preguntarle. Creo que me hubiera gustado saber si él era un ser etéreo o si su cargo le permitía -de alguna manera- llegar a sentir al ser humano, darle o darme a mí un consejo de vida.

¿Cuáles fueron las noticias que más gusto o disgusto te causaron?
No hay nada comparable con la llegada del hombre a la Luna. Estuve 32 horas con Ernesto García Calderón en un micrófono. La que más me disgustó fue la de las Torres Gemelas de Nueva York.

Aún muchos recuerdan la forma como «editorializabas» durante la dictadura velasquista. Cómo, mientras leías cierta noticia, hacías gestos con la mirada que daban a entender tu desaprobación.
Fue una cosa que solamente he podido hacer yo; lo digo sin ninguna jactancia. Fue una demostración de respeto que tenían mis jefes por mi manera de pensar. Creo que una sola vez me excedí en el gesto o en la palabra. Con mucho respeto y cariño me dijeron: «Cuídate un poco de las cosas que dices».

Los viejos suelen decir que todo tiempo pasado fue mejor… ¿Piensas lo mismo?
En algunos aspectos sí, como cuando veo el trato familiar porque soy muy dado a la familia. A mí la televisión no me robó el tiempo. Más temía que me robara de mi hogar y realmente no lo consiguió porque, contrariamente a lo que la gente piensa, no pasaba 20 de las 24 horas del día en el canal. No fue así nunca. Yo llegaba 15 minutos antes de cada programa y me iba tres segundos después de terminada mi labor.

¿Por qué no hay más un Kiko Ledgard, un Pepe Ludmir, un Pablo de Madalengoitia… o crees que aún hay gente rescatable en la televisión?
Hay algunos, indudablemente. La respuesta sería: Chopin, Beethoven, Tchaikovski son personas que no nacen cada dos días. A estas alturas me pregunto ¿qué pasó con los genios nuestros? No hay en nuestra televisión personajes como los que me nombraste. En nuestra época hubo un mejor servicio al televidente.

¿Y quién podría ser el Martínez Morosini del siglo XXI? ¿Acaso Federico Salazar?
Sería muy soberbio decir que no hay otro HMM. De Federico diría que ha perdido un poco la magia que tenía. Algunas razones deben existir porque para mí es un excelente profesional.

SEPA MÁS
Una vida dedicada a la comunicación
Humberto Martínes Morosini nació en Arequipa el 13 de marzo de 1929. En 1948 debutó en Radio Arequipa y fue en 1950 («tras la muerte del general Zañartu y una discusión con mi padre, quién me dio una cachetada, que decidí venir en un camión a Lima») cuando llegó a Radio América. Luego pasó a Radio Colonial, al lado de Juan Sedó, Óscar Artacho y Eduardo San Román. «A Panamericana llegué el 60 y pico, hasta hace año y medio que me fui tras leer un noticiero y decir: «Muchas gracias, han sido ustedes muy generosos y adiós»». No fue un adiós del todo porque hoy es gerente de la filial de Panamericana Televisión en el sur, la misma que comprende Arequipa, Cusco, Puno y Juliaca.

Tomado del Comercio